Enero se le hace cuesta arriba a mucha gente. Y este año, para mí, especialmente. Pero puedo decirlo sin drama: he superado la maldita cuesta de enero.
Para que me entiendas, tengo un perfil profesional muy “azul”. Y como a muchos de los míos, a veces nos cuesta entender a los “rojos”. No va de política ni de religión: va de cómo nos relacionamos en el trabajo, de cómo colaboramos personas con formas muy distintas de pensar y actuar.
La clave no es cambiar quién eres, sino aprender a comunicarte mejor con quien no se parece a ti. Trabajar juntos, desde el respeto, incluso cuando hay fricción.
Porque al final hay una verdad incómoda: tus ideas valen exactamente lo que eres capaz de ejecutarlas.
Y a veces ejecutar significa parar. Dejar un proyecto en stand by. Replantearlo. Esperar al año siguiente y volver con más fuerza, más foco y, sobre todo, mejores aliados. Lo que de verdad te hace fracasar no es detenerte, es intentar hacerlo todo solo.
Buscar socios, patrocinios, editoriales, inversores —pon aquí el “etcétera” que quieras— es un trabajo duro. Te expones, generas desconfianza, recibes silencios, rechazos. Es parte del juego. No pasa nada. También se aprende de eso. Y si no es este año, será el siguiente.
La edad no te da razón, pero sí perspectiva. Y en momentos tranquilos, especialmente en familia, va bien hacerse una pregunta simple: ¿qué he aprendido esta semana?
Porque la familia no es una sola cosa.
Está la familia núcleo (con quien vives),
la familia de sangre (con quien naciste),
y la familia elegida (con quien decides caminar).
Luego vienen colegas, conocidos… y los supuestos “enemigos”.
Lo pongo entre comillas por una razón: tu mayor enemigo casi siempre eres tú mismo.
Y, paradójicamente, también tu mejor aliado.
Se vienen cosas interesantes.
Febrero es corto, pero suficiente para enderezar el año.
El 14, si puedes, regala amor. Y si son bombones, mejor.
Feliz año. Y que esta vez, de verdad, sea el tuyo.
* Esta publicación ha sido asistida por ChatGPT Plus